Nadie podría detenerlo en ese momento; iba decidido para la iglesia, pero no feliz ante su destino.
Pasé la calle rápidamente, llegué a la esquina, y entre la gente que partía para la iglesia, la vi a ella en el coche; tan feliz se sentía, y tan triste mi alma frente a ella.
Cerré los ojos por un momento, y pensando, busqué en mis recuerdos, lo bello que pase con él; no pude contener mis lagrimas, lloré como nunca lo había hecho, la falta tan grande que me haría...
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Hoy, lo recuerdo todo, como si hubiera sido ayer... han pasado ya cuatro años, y recuerdo todo aquello que pasamos...
... recuerdo el día que lo conocí, en ese tiempo eramos muy niños; él hacía cuarto año y yo tercero.
Todo lo descubríamos juntos; él siempre confió en mi; todavía guardo aquellos secretos, no se me ha olvidado ninguno; yo también confiaba en él; la vida le confié siempre.
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... en ese momento volví la cara hacía la iglesia, me decidí, debía ir, aunque cayera mi alma al verlo de la mano de aquella; no importaba, quería verlo aunque fuera por última vez.
Llegué a la iglesia ya sin fuerzas, y en el instante salía, todo el mundo lo felicitaba, igualmente a ella.
El dolor me inundó, no podía seguir viéndolo con aquella mujer, de corazón duro y fría mirada.
Y él.. se dio cuenta de mi presencia, me miró por un instante con la tristeza en el rostro.
Salí de allí con un nudo en la garganta; lloraba desesperada, llegué a la casa, toque y mi madre abrió sin preguntar nada, entre rápidamente, llegue al cuarto y me tiré sobre la cama, una cama fría, más fría que la tumba...
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Recordando aquellos días, crecimos juntos, decidimos juntos, siempre fuimos el uno para el otro.
A todos les parecía una desgracia; él era hijo de un hombre rico, de un hombre demasiado rígido, y yo, de familia muy pobre, de circunstancias contrarias... ... pero sin embargo me quería, y yo a él, le daba la vida.
Después se fue a estudiar a la capital, y todos lo días observaba su retrato; se veía muy guapo.
En ese tiempo tenía el cabello muy liso negro, como el ébano; abundante, de tez blanca, y ojos miel claros, de un carácter blando, y tan expresivo... ... todavía recuerdo cuando me decía al oído, que me amaba.
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Después de haber llorado un tiempo, mi madre entró en el cuarto, me miró detenidamente, cerro la puerta y se sentó a mi lado; ella me comprendía, sabía lo que estaba sintiendo en ese momento; me recosté en su lecho, mientras ella me acariciaba la cabeza, con su manos adoloridas del trabajo.
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En estos momentos pienso, qué hubiera sido de mi sin ella, una madre tan expresiva y sincera, que me acompañó, en mis tristezas y mis alegrías, que supo contenerme, que supo hacerme perder el miedo a vivir, en un mundo hostil, que nunca me escuchaba.